HIMNE ÒRFIC (ca. 2500 a. C.):
«A las Musas» (LXXVI). Perfume: Incienso.
Hijas de Zeus, armoniosas, divinas,
Piérides famosas, dulcemente llamadas "Las Nueve".
A todos aquellos en cuyos pechos vibra vuestro cálido y sagrado aliento,
aparecen concentrados los objetos del supremo deseo.
Puros manantiales de la virtud para los mortales,
que plasmáis la excelencia de las jóvenes mentes,
que nutrís el alma, que le otorgáis el discernimiento,
la visión certera que por el sendero de la verdad conduce.
Soberanas que dirigís hacia la luz sagrada,
que libráis de los tenebrosos errores al refinado intelecto,
que reveláis a la humanidad cada uno de los sagrados rituales,
que de vuestra naturaleza fluyen para el conocimeinto místico.
Clío y Erato, de presencia encantadora,
y tú, Euterpe, cuyo ministerio deleita,
Talía, floreciente, ilustre Polimnia,
Melpómene, por su habilidad en la música famosa.
Terpsícore y Urania, de resplandor celeste...
Por vuestras dádivas, pueda yo alcanzar la luz.
Acudid, veneradas, divinas potestades;
iluminad con vuestra fausta presencia a estos iniciados.
Seamos por vosotras ardientes, amables, gloriosos, repletos de elevados
[deseos,
y en nuestro interior sintamos arder vuestro sagrado fuego.
Antonio Gallego Gallego, "La música en las artes y en las letras", Revista de Musicología, XXVIII, 2 (2005), p. 1107. [Actes del VI Congrés de la Sociedad Española de Musicología] (Oviedo, 17-20 de novembre de 2004):
Ha solido faltar la colaboración entre los filólogos y los musicólogos, como señaló hace años José F. Montesinos habalando del romancero y afirmando que "en el estudio de este romancero los músicos tendrán más de una vez la última palabra, pues más de una vez sólo las estructuras musicales podrán explicar las estructuras verbales". Lo normal, como saben, había sido lo contrario. El modelo que preconizaba Montesinos ha sido al fin abordado por Mariano Lambea, musicólogo, y Lola Josa, filóloga, en sus primeras entregas de la edición crítica de cancioneros del XVII, así como en diversos trabajos en los que están analizando las relaciones entre la letra y el punto (como dijo Cetina) o la letra y el tono (como dijo Calderón).
«La condenación aristotélica de los pitagóricos » (I)
El Universo sería un tejido de ritmos, una armonía incorpórea, que tal debió de ser la fe inicial de los pitagóricos: "¿Qué es lo más sabio? El Número; ¿Qué es lo más bello? La armonía", decía el catecismo de la hermandad, más que escuela, pitagórica. [...] ¿Cuál podría ser el dios de los pitagóricos? ¿Lo había, acaso? No el dios declarado en idea, sino la potencia primera que inspira, es decir, lo sagrado, el fondo sagrado que a veces, tantas, aun dentro de una misma religión separa a los hombres. Lo sagrado, esa especie de placenta de donde cada especie de alma se alimenta y nutre, aun sin saberlo. [...] Descubrieron y adoraron música y matemáticas, artes del número. Y la música, arte del tiempo. [...] La angustia del tiempo inspiró el orfismo, raíz de las creencias pitagóricas iniciales.
El canto y la lira —armonía que es razón, pero también y siempre evocación— otra acción mágica, atraedora de almas, de recuerdos. La música es la diosa que sirve a la memoria. Es coherente también en este punto de leyenda de Pitágoras que le atribuye una prodigiosa, sobrehumana, memoria. La música nació para vencer el tiempo y la muerte, su seguidora. Lo que se revela y se hace accesible por la música son los infiernos del tiempo de la naturaleza, del alma entre la vida y la muerte, que hubo de atravesar para saberse a sí misma y ponerse a salvo.
La representación nacida del sentir del tiempo será nocturna y abismal. Y si la palabra corresponde a la luz —el logos-luz—, el abismo de la noche temporal se hará accesible al manifestarse en la música, forma del tiempo. La palabra define, capta o da la forma; revela la plasticidad del universo. En la palabra se encierra, se contiene una inteligencia que tiende a hacerse cuerpo; la palabra parece el pozo de un ímpetu que desciende a hacerse lo más parecido a cosa; un sentido en busca de su forma. La palabra desciende.
Los pensadores de inspiración pitagórica, del logos del número —del tiempo— no se encuentran obligados a dar un método, un camino de razones; acuñan aforismos, frases musicales, equivalentes a melodías o a cadencias perfectas que penetran en la memoria o la despiertan; "acuérdate" o "para que te acuerdes", parecen decirnos... o hacen "catecismos" o "manuales" porque el método que ofrecen no es sólo de la mente, sino de la vida; la vida toda es camino de sabiduría, la vida misma.
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«Prólogo» (pp. 19-20)
Es cierto que la música genera en el ámbito selvático del sonido, o del sonido/ruido, un posible cosmos, susceptible de desglose en diferentes "parámetros". Y ese cosmos posee un lógos peculiar, no reductible al lógos específico del lenguaje verbal o de las matemáticas. Ese lógos posee la peculiaridad de despertar diferenciados afectos, emociones, pasiones. Constituye, como la matemática, un cálculo: "cálculo inconsciente" llama Leibniz a la música. Pero desprende significación, sentido, como sucede en el lenguaje verbal, a partir de una ordenación de la foné (fonológica, sintáctica). Y sore todo promueve emociones, afectos, sentimientos.
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